Los gorriones comunes parece tan cotidianos que casi se vuelven invisibles. Son los compañeros de las plazas y de los tejados y llevan milenios viviendo a nuestro lado, más o menos desde que empezamos a almacenar grano por allá el Neolítico. Corretean entre migas y semillas con una energía que recuerda a la «chiquillería del aire» de la que hablaba Miguel Hernández. Y, en cambio, su aparente abundancia es engañosa: en apenas unas décadas sus poblaciones han caído en picado por la pérdida de huecos en los edificios, la contaminación, los pesticidas y unas ciudades cada vez más duras y estériles. Aun así, siguen ahí, resistiendo en cada rincón donde aún encuentran un poco de naturaleza y compañía. Y basta detenerse un momento para descubrir en su plumaje pardo toda una paleta de tonos que solo se revela cuando, por fin, aprendemos a mirar de verdad.