El pingüino rey parece hecho aposta para despertar simpatía, ternura y gracia. Y, sin embargo, no cumple realmente ninguno de los rasgos peluchistas que solemos asociar a las especies más queridas: tiene ojos pequeños y laterales, un pico largo y anguloso y un cuerpo que no invita precisamente a la antropomorfización. Y aun así, las personas conectamos con él. Los estudios dicen que debe de ser el toque cálido de naranja brillante en su cabeza, la torpeza aparente con la que camina, o la imagen icónica del pingüino frente al deshielo, que lo ha convertido en símbolo involuntario de la crisis climática. Durante los siglos XIX y XX sus poblaciones sufrieron colapsos por la industria lobera y hoy el calentamiento global amenaza sus rutas y áreas de cría. Pero basta ver un grupo de ellos avanzando por la playa para entender por qué ocupan un lugar privilegiado en nuestro imaginario, incluso si, en el fondo, no son los más vulnerables del planeta.