porqués

¿Sabes esa fase de la infancia en la que no dejamos de preguntar por qué? ¡Yo recuperé esa fase! Aunque también he entendido que, muchas veces, hay más preguntas que respuestas. Pero las pocas respuestas que sí tengo… son las que dan sentido a este proyecto. Y por eso quiero compartirlas aquí. Porque Loubé nace del movimiento que provoca una pregunta y de lo que cambia cuando intentamos responderla.

¿Por qué el arte?

Aquí pintar no es solo pintar, pero también es pintar. Aquí pintamos en muros, en papel, en piel y en madera. Pintamos en todo lo pintable. E intentamos respetar aquello que, para mí, significa el arte: la incapacidad de que lo haga una máquina, la necesidad de que se haga con calma, la importancia de un proceso y de un objetivo que, socialmente, ya casi se dan por perdidos. 

Hoy pintar es una herramienta de resistencia.

Es recuperar el ritmo y el proceso, es pararse a observar la belleza y lo invierto, es devolver la calma al tiempo. Aquí transformamos espectadores en sujetos activos y resignificamos lo que el sistema invisibiliza: especies, paisajes, culturas y memorias.

Hoy pintar es una herramienta de educación.

Es conectar con el entorno, cultivar empatía y responsabilidad ambiental. Es restaurar la atención, reducir el ruido y el cansancio, facilitar el aprendizaje y la concentración. Aquí fortalecemos habilidades sociales, tolerancia, escucha y decisión.

Hoy pintar es una herramienta de transformación (y recuperación) de espacios y de territorios.

Porque, haciéndolo como lo hacemos, refuerza el sentido de pertenencia y de comunidad, nos ayuda a resignificar un lugar o una especie, nos lleva a romper con los límites de los museos y poner el arte en las paredes, en los cuerpos, en las casas y en los colegios. Toooodos los días.

¿Por qué la psicología?

Cuando pensamos en psicología, normalmente lo que nos viene a la cabeza es un diván, en el que te tumbas y hablas mientras una persona escribe, analiza y te hace sentir juzgado. ¡Pero es que hay tantas psicologías! Una de sus ramas es la que me enamoró desde que la conocí: la psicología ambiental. Estudia cómo las personas (individualmente, en grupos y en sociedades enteras) nos relacionamos con nuestro entorno (tanto social como biodiverso, tanto construido como natural). Y en este proyecto, la psicología está presente en cada capa del proceso.

La psicología ambiental está… porque no interesa que esté.

Porque es tan reciente y, en el fondo, tan transgresora, que tiene las claves para entender cómo hemos llegado a explotar tanto a la naturaleza que nos sentimos fuera de ella y legitimadas a seguir haciéndolo. Porque, estudiándola, entendemos por qué unas especies nos gustan más que otras, por qué unos paisajes son valorados y otros son carne de parques eólicos y fotovoltaicos a discreción.

La psicología ambiental está en lo que elegimos pintar y en cómo lo pintamos.

La especie que pintamos no es casual: tampoco su gesto ni su formato, sea en papel o en pared. Y hay psicología en la forma en que lo hacemos: nos adaptamos, conocemos a la persona y a su entorno, utilizamos  técnicas específicas para facilitar determinados procesos.

La psicología está en la forma de comunicar y amplificar el mensaje.

Porque no necesariamente queremos llegar lejos, sino cerca. Pero a muchos cercas. Usamos la psicología para pensar cómo compartir el mensaje sin imponerlo, cómo generar conversación sin saturar, cómo dejar una huella emocional y no solo visual.

¿Por qué LA BIODIVERSIDAD LOCAL?

Vivimos en una sociedad antropocéntrica. El sistema en el que nos han educado está mayoritariamente centrado en el ser humano, sobre el que todo debe girar. Ilustrar otras especies animales es acercarnos a formas diferentes de vida, de percepción, de experiencias. Es sacarnos del centro de la ecuación, desimportarnos. Es valorarlas y protegerlas en los contextos en los que han de estar. Por eso, muy pocas veces ilustraremos algo que no sea biodiversidad local.

La biodiversidad local no puede ser algo lejano.

Niñas y niños prefieren proteger especies exóticas que no han visto nunca en vez de especies locales, porque estas no son representativas de lo que ellos han aprendido por el concepto de naturaleza.

La biodiversidad local se pierde. Y nuestra percepción de pérdida también.

Cada generación recibe un entorno más degradado que la anterior, pero, pensando que es lo normal, continúan con sus acciones degradadoras. Es lo que se conoce como la extinción de la experiencia.

La biodiversidad local también sufre delitos ambientales.

Las especies exóticas y, sobre todo, las más amenazadas o raras, tienen una mayor demanda mundial. Tanta, que por cada animal exótico que llega vivo para su comercialización, han muerto cuatro. A nuestro alrededor muchas especies son víctimas de este bucle de violencia y utilitarismo.

¿Por qué NOS GUSTAN MÁS UNAS ESPECIES QUE OTRAS?

Valoramos de forma diferente a unas especies que a otras: gatos y perros son amados y protegidos, pandas y koalas son antropomorfizados y mediatizados, vacas y cerdos son explotados e industrializados, zorros y lobos son cazados y polemizados y ratones y cucarachas son odiados y exterminados. Mientras, la pérdida de biodiversidad y los delitos ambientales amenazan nuestra supervivencia en el planeta. Esto que se llama percepción social de las especies, también es psicología ambiental... y hay muchas teorías que se complementan.

Estereotipos.

A animales como ácaros, cucarachas, arañas, ratas o serpientes les atribuimos malas intenciones y bajas capacidades cognitivas y emocionales. Los percibimos como dañinos y peligrosos y pensamos que es mejor matarlos. A otros, como a los perros, los caballos o las ballenas, los protegemos.

Percepción de amenaza.

La amenaza puede ser realista (si pone en peligro nuestros bienes o salud) o simbólica (cuestiona nuestras cerencias y estructuras ideológicas). Aunque no haya evidencias de una amenaza real, si la percibimos como tal, podemos reaccionar con miedo, ira o agresión.

Antropocentrismo.

Atribuimos rasgos físicos, psicológicos o culturales a ciertos animales. En las sociedades más antropocéntricas, empatizamos con los más antropomorfizables. Pero a veces el ego nos lleva a la antroponegación: nos cuesta aceptar que algunos, como los chimpancés, también pueden reírse o besarse.

Carisma ecológico.

Nuestros sentidos filtran los animales que percibimos, según color, tamaño, forma, velocidad, tipo de movimiento o ritmo biológico. Captamos mejor a las aves o a las mariposas, vistosas y pausadas; y pasan más desapercibidos los que se camuflan, se mueven demasiado lentamente o viven bajo el agua.

Carisma estético.

Las características visuales, como apariencia y comportamiento, pueden generarnos una respuesta muy intensa. La mirada frontal fundiona mejor que la lateral y los colores, mejor que los tonos discretos.

Neotenia.

Neotenia. Preferimos organismos con aspecto infantil (real o percibido). Sin embargo, un exceso de rasgos cuquis puede transmitir inseguridad, amenaza, ambigüedad y horror y, por lo tanto, rechazo.

Distancia taxonómica.

Cuanto más próxima evolutivamente sea, mayor nivel de empatía y de compasión sentimos hacia ella, pues sus habilidades se parecen más a las nuestras. Pero hay excepciones: el conocimiento previo sobre cada especie, los valores culturales y el antropomorfismo influyen tanto que un roble puede percibirse mucho mejor que una garrapata, aunque ni siquiera sea un animal.

Significados simbólicos.

Las representaciones culturales sobre algunos animales se transmiten de generación en generación. En películas, cuentos o banderas, se dice que las águilas son valientes, nobles y generosas, pero que los buitres son cobardes y ladrones.

Invisibilización.

Desindividualizamos a animales como a los peces, contándolos por toneladas y llamándolos «pescado», transformándolos hasta no saber qué son, de dónde vienen ni en qué condiciones viven.

Puedes profundizar más en todas estas teorías y en sus consecuencias socioambientales en mi Trabajo de Fin de Máster.

¿Por qué darle importancia a las historias?

Acompañar las ilustraciones con sus historias y tradiciones es recuperar críticamente la relación que los pueblos y las comunidades tenían antes de que las ciudades occidentalizadas los callaran. Es no dejar que haya un único (y dañino) discurso. Por eso intento que siempre haya una buena base de investigación social.

Las historias reabren el abanico de la mente colectiva.

Además de aniquilar la biodiversidad de la que no sentimos formar parte, también aniquilamos la propia diversidad humana. Las culturas más cercanas a la Naturaleza quedan marginadas y masacradas y, con ellas, siglos de transmisión de formas alternativas de relacionarnos con la Tierra.

Las historias tienen diversos protagonistas.

Los animales nohumanos conforman innumerables simbologías, cuentos y representaciones sociales dispersas y vulnerables a nuestra acción etnocéntrica. 

Las historias reúnen la identidad social un pueblo atomizado.

Porque no hace falta irse, de nuevo, a la otra punta del mundo para conocer comunidades que se organizan y piensan de forma diferente. Aquí, a nuestro alrededor, también las hay y las ha habido: pequeñas aldeas y pueblos que desaparecen por la falta de servicios, el individualismo y las grandes ciudades.

¿Por qué preguntarse tantos por qués?

Volver a esa fase de la infancia en la que todo es cuestionamiento tiene cierta nostalgia. ¿Pero por qué lo hago? ¿Por qué quiero seguir haciéndolo?

Preguntarse por qué es resistir a la automatización.

Es no dar nada por hecho, dejar de hacer las cosas por inercia y tratar de volver a hacerlas con intención. Nos permite entender, elegir, posicionarnos, recordar que todo —lo que pintamos, cómo lo hacemos, con quién, dónde y para qué— tiene implicaciones. Que detrás de cada especie hay una historia; detrás de cada muro, un contexto y, detrás de cada trazo, una decisión. Y que cada decisión puede ser mera repetición de lo que nos ha llegado… o tener tintes de transformación.

Preguntarse por qué es cuidar.

Me gusta acordarme de lo olvidado, levantar lo que se ha dado por sentado, mostrar lo que ha sido eclipsado. Preguntarse por qué es atender lo invisible: los impactos, los silencios, las historias que rodean la imagen.

Preguntarse por qué es querer seguir aprendiendo.

Porque, detrás de una pregunta viene otra y luego otra. Preguntarnos nos invita a pensar, a dudar, como cuando te paras en el camino porque te ha parecido ver algo extraño y tienes que comprobarlo. Y porque se contagia, que es lo que más mola del mundo mundial.

 

Todo lo que has leído aquí también se transforma en ilustraciones, láminas, cartas e ideas que puedes tener entre manos, colgar en una pared o regalar con cariño. ¿Quieres echar un vistazo a la tienda?

Loubé
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