cuervo grande

Corvus corax

Esta abubilla fue pintada entre pajarillos que cantaban un inicio de primavera. Era difícil concentrarse en el papel din-A5 (21 × 14,8 cm.) de 175g. que tenía entre mis manos. Pero la pintura acrílica, al cabo de 6 horas, se transformó en esta sorprendente ave que, curiosamente, no tanta gente normal y corriente conoce. Fue un encargo, así que la lámina original se quedó en un pueblecito de Madrid. De vez en cuando, su dueño me manda fotos de la pared que va ocupando.

No podemos notar lo que falta si no nos damos cuenta de que existe. Esta es una de las premisas de las que parto para pintar las especies que pinto, pues, aunque algunas son muy carismáticas y parece que todo el mundo las conoce, no todo el mundo tiene la misma imagen sobre ellas. Y es que, aunque también parezca que nuestra sociedad es cada día más diversa, las formas de entender el mundo y de relacionarnos con él no lo son: a la par que aniquilamos la diversidad biológica, hacemos lo mismo con la diversidad cultural de muchos territorios. Por ello, la otra premisa es dar voz a esas historias, a esas otras maneras de comprender lo que nos rodea, incluso aquellas que nos han hecho estar donde ahora estamos. Porque los mitos y las leyendas surgen para dar respuesta a preguntas que, de otra manera, no podríamos responder.

La magia negra, más negra que nunca, tiñe al cuervo tanto como a las mujeres que, al grito de «¡brujas!» mandaban a la hoguera en épocas medievales. Ellas y ellos, sin embargo, veían en el cuervo el sigilo, la inteligencia, la discreción y la constancia que otras culturas antiguas, como los Haida, ya habían visto. Era el animal que era capaz de poner el sol en el cielo.

¡Hay cuervos en la tienda!

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